Violencia sexual: obedecer o morir

ximena-peredo“Todo se empezó a poner peor y ahorita discutimos, se enojó mucho y agarró un bote con gasolina, se la echó encima y se prendió fuego”, declaró Ana Luisa, esposa de Juan Carlos, quien resultó con quemaduras en el 60 por ciento de su cuerpo.

Gracias a que ella sofocó el fuego con una cobija y con ayuda de sus hijos lo metió a la regadera es que Juan Carlos podrá explicar qué diablos pasó en su cabeza.

¿Por qué hiciste eso, Juan Carlos, frente a tu familia? La respuesta simple: por celos, porque Ana Luisa comenzó a trabajar fuera de casa para completar los gastos. La respuesta compleja: por no saber discutir en un piso parejo.

Ahora que se volvió ilógico obedecer al marido, importan los argumentos. Es necesario convencer. Este viraje ha resultado insoportable para muchos, quizá para la mayoría.

Porque, claro, debe ser espantoso que un día no baste ser hombre para imponerse, pero en este giro no hay revés.

En adelante, para no encenderse, será necesario explicarse. El desafío es monumental porque hasta hace poco un grito, un puñetazo o un llanto bastaban para evitar argumentar.

Lo más complicado es que muchos no dialogan porque no saben cómo, es peor, no tienen vocabulario. Es como querer saltar con 100 kilos encima.

Por eso, aunque es fácil ver a Juan Carlos como un loco, yo sospecho que es un tipo escandalosamente común.

Si buscamos a los machos o a los violentos nunca los encontraremos. Nadie se casa ni sale ni se enamora de un loco de atar. El problema son las relaciones que terminan por establecerse, no las personas.

Cada cinco días un hombre asesina a una mujer en Nuevo León. Cuatro de cada 10 de estos asesinatos fueron ejecutados por ex parejas o parejas.

Es tan elocuente la cifra que podría parecer que la violencia está disparada, y lo está, pero desde que la idea de pareja se institucionalizó. Mi hipótesis es que antes no nos dábamos cuenta, pero el matrimonio llega a ser, por lo general, un rotundo fracaso.

Si antes no era claro era precisamente porque el acuerdo era violento en sí mismo, y ya estaba escrito. Es decir, en muchos casos cuando la violencia no estalla (aunque hay una ristra infinita de implosiones) es porque las desigualdades todavía son creíbles.

Aunque a veces la violencia es evidente, en muchos casos es silenciosa y, lo paradójico: este silencio mantiene “estable” a la relación.

El matrimonio es la historia de separaciones de una pareja, lo cual puede unirlas o despedazarlas.

Quiero decir, cuando se convive tan estrechamente con otro ser humano uno cobra conciencia de lo difícil que es mantener vivo al amor con una persona tan distinta.

Pero vivir un matrimonio en una ciudad con rasgos del tercer mundo es una lucha mayor, ya no digamos cuando se enfrentan carencias básicas.

Pero hay algo más, el sexo. Sospecho que una de las energías más afectadas de los habitantes de nuestra Ciudad es la libidinal.

No hay tiempo ni energía para jugar, mucho menos para seducir ni hacer el amor. Esta incapacidad de la pareja para detener el tren o decidir lanzarse por la ventana se vuelve insoportable frente al espectáculo hipersexual de las pantallas.

Pero el asunto deja de ser sólo deprimente cuando irrumpe la violencia. En lo que va del año, 448 mujeres han denunciado ser víctimas de violación sexual, aunque no sabemos cuántas señalaron a su pareja como el agresor. Esto, para mí, exhibe la impotencia sexual de ya no poder relacionarse con una mujer.

En este caso, en el que la fuerza física cobra relevancia, importa que desactivemos la justificación social a la imbecilidad de los campeones: si lo quieres, puedes; el pez grande se come al chico, “just do it”.

Dos violaciones diarias y un feminicidio cada cinco días: nos estamos prendiendo fuego.

ximenaperedo@gmail.com

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